
Los viejos carpinteros tocan la corteza, escuchan con el oído pegado al tronco y leen la torsión de las ramas. Prefieren crecimientos lentos, estaciones frías y suelos drenados; la rectitud de la fibra ahorra sorpresas cuando el casco, la viga o el larguero exigen silencio y fuerza.

Se corta en menguante, cuando la savia duerme y los insectos muestran menos apetito. Las abuelas marcan fechas en bastones ennegrecidos por el humo, y los hombres del monte madrugan antes del alba. Esa paciencia evita alabeos, hongos inesperados y crujidos que desentonan en mar o montaña.

Después del derribo, las trozas reposan elevadas sobre listones para que el viento circule sin piedad. El aserrío acompaña la veta, respeta radios y tangenciales, y el secado controla tensiones. Nada apresurado: la madera recuerda agravios y los devuelve con grietas, torsiones o un crujir inoportuno.
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